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Apapaxoa

Crónica de una receta viva, heredada y compartida

06 de agosto de 2025

Sobre el autor

Olympia Hinojosa

Olympia Hinojosa

Conversamos con la chef Martha Ortiz sobre una receta que no solo se cocina, sino que lleva la memoria de muchas voces. Un legado vivo que hoy se convierte en un gesto de amor, identidad profunda y resistencia cultural.

Una alacena emocional. La primera memoria culinaria de Martha Ortiz no es un instante, sino una trama. No es una imagen fija, sino un bordado hecho de recuerdos, emociones y fuego.

“No tenemos una sola memoria gastronómica. Vamos construyendo una alacena emocional con lo que vivimos, con lo que sentimos”.

La suya se forjó entre las manos de su madre, una mujer valiente que cocinaba mientras educaba, que creaba recetas y abría mundos. A los siete años, Martha ayudaba en la cocina, pero soñaba con la mesa de los grandes: quería conocer a Octavio Paz, quería un lugar entre los nombres ilustres que visitaban su casa.

Pero ese deseo frustrado le enseñó otra cosa: que la cocina podía ser también un reino, un espacio de poder y libertad para las mujeres. “La cocina fue mi primer espacio de libertad femenina”.

Ahí se hablaba, se pensaba, se sentía. Ahí se tejía una herencia. Y es esa herencia la que hoy celebra en libros, en festivales, en palabras compartidas con otras mujeres que, como ella, han encontrado en la cocina una forma de sanar, de resistir, de contar el mundo desde sus propias manos.

En esa línea, recuerda a Laura Esquivel y el eco de Como agua para chocolate, donde una mujer transmite sus emociones a través de los alimentos. “Eso es narrativa culinaria. Eso, es decir: este dolor termina conmigo, yo lo transformo. Y a las siguientes generaciones, les dejo la libertad”.

El mole rosado y la alianza entre dos mujeres. Para Martha Ortiz, los sabores son memoria viva, y la cocina, un lugar donde la fantasía y la historia se entrelazan. De su infancia emerge el recuerdo de un platillo profundamente simbólico: el mole rosado de Taxco.

Más que una receta, es un relato tejido entre lo sagrado y lo cotidiano. En su imaginación, una cocinera tradicional busca crear un mole único. Al no encontrar el ingrediente que le dé alma, acude a Santa Priscila. La santa, conmovida, convierte flores de buganvilia y dalia en polvo mágico, y así nace el característico tono rosado.

Este mole, dice Martha, es el resultado de un diálogo entre dos mujeres: la del cielo y la de la tierra. Un platillo que guarda el poder de la tradición, el fuego de la feminidad y el fervor transformador de la cocina como un acto de fe.

Receta viva. Para Martha, su receta viva es el mole rosado: un diálogo entre tradición y feminidad. Este mole, poderoso y aromático, es la sangre que corre en las venas de héroes y heroínas.

Cocinarlo es honrar un legado colectivo, un acto de dignidad y memoria compartida.

El secreto de una receta que trasciende. Una receta que perdura es mucho más que una fórmula: es tradición viva, un relato que se cocina con amor y creatividad. No hay reglas fijas, sino intenciones que dan forma al sabor y a la historia que lleva.

La belleza de cada platillo se convierte en un mensaje que toca la memoria y el corazón. Así, al probarlo, se siente el poder de un legado que honra a quienes lo crearon y a quienes lo heredan.

La evolución de una receta: un legado compartido. Una receta nunca es solo de quien la crea. Cuando la compartimos, se enriquece con la visión y el corazón de otros, se transforma y crece. Cada cocinero aporta sus emociones, matices y estilo.

En esta colectiva creación de sabores, la herencia se mantiene viva y en constante movimiento. Así, una receta se vuelve más que un platillo: se convierte en un símbolo de comunidad, historia y amor compartido.

El ritual creativo de Martha Ortiz. Crear un platillo es para Martha un acto espiritual y reflexivo. Busca inspiración en la geografía, la historia y la literatura; visita la biblioteca, investiga, escribe y teje narrativas que alimentan sus recetas.

Para ella, los ingredientes no son “productos”, sino elementos vivos que llevan alma y memoria. En ese proceso, cada creación se convierte en un diálogo místico entre tradición y creatividad.

El aprendizaje del mole rosado. El mole rosado para Martha Ortiz es más que una receta; es una escuela de fantasía y tradición. Le enseñó que la palabra también se cocina, transformándose en sabor y memoria.

El mole rosado habla de Martha Ortiz. Si el mole rosado hablara, revelaría una mujer consciente, con virtudes y defectos, paciente y reflexiva. Le ha enseñado a Martha que cada paso en la cocina es un acto de meditación, donde el tiempo y la cadencia son esenciales.

El amor en la cocina de Martha Ortiz. Para Martha, el amor trasciende el romanticismo: es un estado de conciencia que abraza desde uno mismo hasta el mundo que nos rodea.

En su cocina, el amor es poderoso, complejo y se manifiesta en cada sabor, sea dulce o amargo.

El mensaje del mole rosado. El mole rosado, para Martha, es un diálogo de tradición que honra a las mujeres y une a todos como hermanos, trascendiendo diferencias.

El fuego en la cocina de Martha. Para Martha, el fuego es un elemento hipnótico y vital, un astro incandescente que transforma y da vida. Es memoria, alquimia y efímero instante lleno de pasión y poder.

Pensamientos para Apapaxoa. Para Martha, el mole rosado es un diálogo vivo, donde los sabores se construyen y la palabra se cocina. En un mundo violento, la vida es un acto de regalar belleza y humanidad.

Gracias, querida Martha por compartir. Me despido con gratitud y el eco de una cocina viva, donde el mole rosado sigue latiendo como símbolo de memoria, sabor y voz compartida.

“Cocinar es imaginar, es heredar, es continuar una conversación entre mujeres de distintas generaciones y llevar su legado a las mesas con dignidad y con un profundo respeto. Porque cuando cocinas, cocinas con todas”.

— Martha Ortiz