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Apapaxoa

La invención del paraíso

06 de agosto de 2025

Sobre el autor

Andoni Luis Aduriz

Andoni Luis Aduriz

Charles Baudelaire fue el primero en detenerse ante lo feo, lo oscuro, lo corrompido, y descubrir en ello una forma de belleza. Como si la degradación y el abandono, el vicio, el tedio o la melancolía —esa tristeza densa, con sabor a retirada— fuesen respuestas rotas donde el alma humana se reconoce.

Tal vez porque seguimos persiguiendo la quimera de un refugio de perfección que nunca existió, y es la sombra de ese ideal la que nos envuelve con la pena del eterno destierro.

La belleza de lo trágico. Baudelaire encarna, como pocos, esa tendencia tan humana a fabricar infiernos con sorprendente facilidad. Su vida fue un frente de batalla interior: una relación áspera con su padrastro, una juventud de excesos, de gasto desmedido, de huidas a la deriva.

Todo lo condujo a una existencia marcada por las deudas, la enfermedad y el aislamiento. En sus últimos años, vivió hundido en la miseria, encerrado en sí mismo, con el alma astillada y el carácter vuelto agrio. Como si en su propio cuerpo se cumpliera el destino que tan bien supo escribir: el de quienes llevan dentro la belleza de lo trágico. Porque, al fin y al cabo, el infierno no es un lugar, sino un estado anímico.

La arquitectura del descanso. El anhelo de un sitio mejor es una de las promesas más antiguas del ser humano. Es una certeza casi biológica, un mapa común que, a través de los milenios, se ha dibujado en la memoria de las culturas, más allá de las fronteras de los credos.

Por eso, en la mente de un judío o de un musulmán, de un maya o de un vikingo, ese lugar soñado tiene una geometría familiar: un patrón de agua, hábitats sometidos y frutos. Una arquitectura del descanso.

El Gran Jardín. El Edén se imagina, invariablemente, como un jardín. No la maleza hostil de la tierra ganada a fuerza de sudor y surco, sino la fronda mullida, el follaje espeso, el Gran Jardín que es el origen y la promesa de toda inocencia.

Un oasis en un desierto metafórico, un regreso a un estado primordial donde la existencia no se mide en la necesidad, sino en la calma de lo que es, simplemente, dado.

Y siempre, siempre, el agua. En las orillas del Jannah se oye el murmullo de ríos que llevan leche, miel, vino, aguas frescas que apagan una sed que ya no es del cuerpo, sino del espíritu. Un flujo de pureza que borra toda mancha, una fuente de vida eterna.

Es un arroyo en el cielo, un portal en el cenote maya, la certeza de que en ese lugar ya no se habrá de conocer la aridez, la sequía, la miseria de la escasez.

El fin del hambre. Los árboles, plagados de frutos, son la última pieza de esta cartografía del reposo. Árboles de vida y de conocimiento que ofrecen su sustento sin exigir nada a cambio. No hay apremio ni trabajo, no hay sudor ni espera. El alimento está ahí, al alcance de la mano, como si la tierra misma fuera un cuenco lleno.

Es un jabalí que se renueva a diario en las mesas de Valhalla, una fuente de hidromiel que jamás se agota. La forma cambia, pero la idea no: ese jardín prometido es el fin del hambre. El fin del trabajo. El fin del afán.

La invención del paraíso. Y regreso a Baudelaire, el poeta maldito que en su infortunio escribió que “todos los paraísos son artificiales”. No por cinismo, sino porque entendía que el ser humano, cuando no puede alcanzar la redención por medios naturales, la fabrica. La inventa. La escenifica.

Porque necesitamos que exista, aunque sea en forma de experiencia cuidadosamente construida, como una promesa de plenitud que la realidad siempre negó.

La capacidad de crear. Por eso Xcaret, con sus parques y espectáculos, sus rituales reinventados, sus servicios atentos, su orquestación de lo natural y lo humano, no es una contradicción: es un intento consciente de materializar ese anhelo ancestral.

No es un refugio ingenuo, sino una escenografía lúcida. Una armonía pactada entre lo sagrado y lo espectacular, entre la necesidad de creer… y la capacidad de crear.

Ritos contemporáneos. Festivales como Apapaxoa son ritos contemporáneos que activan esa memoria del lugar soñado, esa añoranza del origen.

En ellos, todo lo que el ser humano ha proyectado —el mar que refresca, los platos que nutren, los colores que consuelan, la música que acompasa el ánimo— se pone en escena con la precisión de un lenguaje universal. Es como si dijeran: no te hemos traído al pasado, te hemos traído a esa resonancia interior que todos llevamos dentro.

El paraíso que permanece. Porque ese Edén que imaginamos, en última instancia, no es solo un lugar, sino una vivencia. Una experiencia que deja marca, que te atraviesa y te transforma. Un recuerdo poderoso que, aunque fugaz, te devuelve distinto.

Y entonces cobra sentido aquella frase de otro escritor: la memoria, ese paraíso del que nadie puede expulsarnos.

Al menos por unos días, gracias a la armonía… y al cuidado atento de un mayordomo de Xcaret.