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Apapaxoa

Un haku lei con sabor a México

06 de agosto de 2025

Sobre el autor

Valentina Ortiz

Valentina Ortiz

El Marco Polo moderno, le decía su papá al arquitecto. Muebles por cenotes, ríos por proyectos a largo plazo, contratos por sueños, conjuga el verbo trueque desde siempre y hoy, para mí, es más claro que nunca: intercambian pozole por sonrisas, guacamayas reproducidas como nunca antes en el país por fotos familiares, piezas artesanales por comercio justo, amor por México por amor por México.

Y así como el Marco Polo explorador de las maravillas de oriente, el legado de los Quintana y los Constandse, es un legado de un explorador que formó exploradores. “Curiosos, alborotados, obstinados, comprometidos, acá las palabras mágicas son ‘no se puede’, basta con decirlas para que se pueda”.

La más bonita de las ambiciones. La primera vez que pisé territorio Xcaret, había mucho menos de lo que hay. Fue con mi padre —otro conservacionista— y nadie nos había invitado, pero aseguraba que conocía a la familia y que le impresionaba su pasión por descubrir cenotes, conectarlos, maravillarse de ello.

“Yo colecciono ollas, cazuelas, vajillas y libros de cocina, los creadores de Xcaret coleccionan cenotes. Es la más bonita de las ambiciones”.

Después volví mil veces a los parques, en todos los horarios, en todas sus versiones, porque ese es un mantra en territorio Xcaret, ser interminable, el ocio siempre es apapachado por una idea adicional y por una persona que cree en lo que hace.

Tacos los hay de todos, el Güero que ofrece el queso en el desayuno siempre me tiene una historia y es bonita, y la chica salvavidas de La Casa de la Playa le gusta contarme de la fauna de ese pedacito de mar.

Una embajada de México. Xcaret (todo eso que se llama así) y yo somos amigos por muchas razones, porque adoramos el mar, por comelones, por tener linaje de soñadores, por entusiastas, por no conocer el cansancio, porque encontramos alimento en la creatividad, pero también porque somos adoradores de nuestro país. Y se contagia.

Llevo años compartiendo por el mundo la relevancia de construir sobre la identidad de los ciudadanos de cualquier pueblo a través de lo que se come y de la cultura y raíces que hay detrás de ello. “Xcaret es una embajada de México”.

Hay jaguares, venados, cocodrilos, tortugas, palmeras, cocos, ostiones, cocineras tradicionales, bordados, muebles michoacanos en restaurantes que celebran a la Nao de China, vajillas poblanas, sarapes de Saltillo, bichos oaxaqueños, mariachis extraordinarios, espectáculos de juego de pelota que creo que deben estar incluidos en lo que hay que hacer o ver en la vida (junto con escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo).

Acá se habla, se come, se comunica, se respira y se repite México y eso, pone la piel chinita.

Un planeta llamado Xcaret. Y pasaron los años, y migré de tobogán o río lento a contemplación del azul de ese mar Caribe y, muy poquito después, a saberme alfil ad infinitum de la oferta de hospitalidad de este planeta Xcaret.

Me seduce como hacen bien las cosas y, en mi mundo y de lo que sé hablar, hoy es la cocina otra de las banderas en las que este grupo parquero-hotelero-soñador, se enarbola y lo hace como nadie en el país.

Porque soy de naturaleza metiche, con opiniones sin filtro y emocionada de lo que México y sus cocinas tienen que dar, me he ido acurrucando en el proceso creativo de la oferta gastronómica que decenas de restaurantes, de cocineros, de investigadores, de escritores y hasta de poetas, regalan a quienes los visitan.

Talento llama talento. Las manos, historias, familias, mentes creativas, filipinas, cuchillos, tradiciones, orígenes y ganas de las personas que dan vida a las cocinas de estos lares valen su peso en oro.

Las señoras que en la nueva Xentral echan las tortillas y los jovencitos del castacán, las cubitas amorosas que sirven las chavas del Flamingo’s, el brunch de las cuevas —creo que es el mejor del país—, los baos del Jon, las conchas color de rosa de mi amiga Martha, la gordita de rib eye del Chuy, la propuesta de Carlos Gaytán, las tostadas de océanos de Sheyla o las paletitas heladas en rincones y momentos de alegría.

Hecho a mano. Valentina, en serio, ¿por qué tanto Xcaret?, me cuestionan —y me río—. Tres hijas y miles de tirolesas después, hice amigos entrañables que dirigen este barco y que eligen, como esas tortillas de las que hablaba, hacer las cosas a mano.

“Xcaret, como este texto y como este festival, está hecho a mano”.

Tomó dos años producir los azulejos yucatecos de las habitaciones, es decir, es más fácil comprar los brillantitos ya hechos, pero acá, el modus operandi es distinto.

Las galletas que acompañan el café —tantos cafés que se sirven—, se traían de Veracruz porque en un viaje de exploradores hicieron sentido. Son éstas, dijeron.

Tomó viajes y viajes de galletas rotas y recetas y recetas para reproducirlas y un día, se logró aún con mayor sabor a café y crocantitas pero siempre honrando el origen, —se muerden sabroso, me contó el que me contó—.

“Así de fácil, en Xcaret no hay atajos, hay rutas más largas y más satisfactorias”.

Para obtener ese pescado en nogada que sirve Lula, el huarache de los desayunos de mi sitio favorito, El Mercado, el café de las miles de habitaciones, las teleritas, el Xtabentún propio porque sí, porque quieren.

En Xcaret los sueños que se traducen en miradores a la selva infinita, restaurantes bajo el agua, cavas de libre albedrío y consumo, helados de chocolate abuelita y salsas molcajeteadas para decenas de miles de personas, se tejen a mano.

Un territorio de exploradores. Como ellos lo hacen, yo hoy entrego un haku lei de cymbidium y de lilis —mis flores favoritas— a los que hacen posible que la magia de este territorio de exploradores suceda.

“No paren de enseñarnos a ser necios, esa es la palabra. Aloha nui loa a todos ellos”.